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Cultivar la esperanza

Por Inés Rose Fischer, directora carrera Psicología de la Universidad Santo Tomás Puerto Montt.

El 27 de marzo se celebra el Día Mundial de la Esperanza, iniciativa que busca promover la
construcción de acciones concretas de las personas, en el entendido que la esperanza es una
actitud activa y no pasiva, que nos motiva a actuar y a tomar decisiones que nos lleven a
resultados positivos.
La esperanza es una combinación del deseo de algo y la expectativa de recibirlo. La RAE define que
la esperanza es un estado de ánimo que surge cuando se presenta como alcanzable lo que se
desea. 
En psicología, la esperanza es un estado mental, emocional y motivacional que puede ser un factor
clave para el bienestar y el éxito. El capital psicológico es un conjunto de recursos psicológicos
positivos que incluye la esperanza, la autoeficacia, la resiliencia y el optimismo. Mientras que el
optimismo son atribuciones positivas acerca del éxito, la esperanza implica perseverar en los
objetivos y reorientarlos para alcanzar su logro.
La esperanza es una fortaleza humana que sustenta la vida, posibilitando atravesar dificultades,
adaptarse a los desafíos, vivir el presente y encaminarse hacia una vida valiosa. Las personas
esperanzadas son más proactivas en su bienestar físico, familiar, personal, social y profesional.
Espiritualmente, el fruto de la esperanza es la alegría.
Por otro lado, la desesperanza es el sentimiento de no encontrar alternativas de solución ante una
determinada situación o de no tener expectativas de futuro y que frecuentemente se acompaña
de la ausencia de un sentimiento de trascendencia, siendo el estado de ánimo que prevalece
previo a la tentativa o al acto suicida.
Por todo esto es que se hace tan importante y necesario cultivar la esperanza, la confianza en que
algo puede ser mejor y que se hace lo necesario para alcanzarlo. No es sólo un estado emocional
positivo, si no también cognitivo, que se basa en la determinación, la planificación y la persistencia
para mantener viva la ilusión en los malos y difíciles momentos de la vida. La esperanza no puede
estar exenta del criterio de realidad, que implica saber lo que podemos y no podemos esperar del
futuro. Para eso, es fundamental conocer bien a nosotros mismos y a nuestro entorno, de manera
que, sobre esta base, amplifiquemos las posibilidades.  
En este sentido, otro aspecto importante es construir y mantener relaciones sociales profundas,
afectivas y significativas. Los logros verdaderos, la alegría verdadera, no se consiguen ni celebran
en soledad. Nuestras vivencias se enriquecen del amor que damos y recibimos. Hagamos el
siguiente ejercicio: recuerde el momento más feliz de su vida ¿Estaba solo/a o acompañad/a?